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martes, 17 de noviembre de 2015

Asómate, Dios...

Dios: Venimos a impugnar el libre albedrío. Ese decreto que lanzaste hace tiempo para que tuviésemos libertad de movimiento… no sirve. Yo entiendo que tú eres el creador de todo y que llevarte la contraria es harto incorrecto, pero es que, para nuestro descargo: no servimos. Nosotros no tenemos la suficiente responsabilidad como para estar llevando nuestra vida por el mejor camino, según tus guías, y menos, llevar la fiesta en paz entre todos. Sé que puedes castigarme por esto, pero creo que le pusiste tanto empeño a nuestro cerebro, que olvidaste el corazón. Asómate para que veas que hemos llegado a ser unos gurúes sin alma, unos prestidigitadores de la mentira, unos asesinos de sueños. Por eso, creo que merecemos, el grupo disidente que vino con el documento de impugnación, que consideres seriamente retirar el libre albedrío como aporte divino, dado que no supimos ni sabremos manejar las cosas de la manera en que bien lo proyectaste. Espero que la ira no te aparezca (la última vez hubo inundación, y tal), pero si dudas de lo que te digo, asómate de nuevo.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Más tiempo contigo

Te hubiera querido más tiempo conmigo. Hubiese esperado de la vida poder brindar por unos años más disfrutando de ti y tus cosas. Si hubiera sabido que el fin estaba cerca, me hubiese ocupado un poco más de tomarte de la mano, de besarte más de vez en cuando, de llamarte para decirte algo lindo. Pero nadie es adivino y al parecer todos tenemos el derecho de abandonar la querencia más profunda porque está segura, porque siempre se puede, porque no tengo tiempo, porque será para después. Pero ahora, como siempre, no hubo después; no existió el mañana contigo. Esta juntura tuya y mía quedó en el vacío de repente y cayó hasta lo invisible, hasta lo insensible, hasta lo incomprensible. En algún momento luché por estar a tu lado, y cuando lo logré, el reloj de la cuenta regresiva de la destrucción comenzó su tic tac.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Palabras del camino

Busco en el camino palabras que expliquen mis emociones, mis reflexiones, mis criterios. Uno, poco a poco, frases recogidas de alguien más y voy armando mi propio rompecabezas. Es como si debiera estructurar un discurso para que los demás sepan, con algún detalle coherente, por qué pienso lo que pienso, por qué hago las cosas que hago. Espero que no. Pero sí sigue ocurriendo que alguien dijo algo que pensé hace años y que no había convertido en símbolos potables. Sigo hilando, con esas ideas expresadas en retazos convenientes, el mapa a seguir en adelante. Lo que realmente temo es que, por muy fructífero que sea el tiempo de juntura de ideas que potencien nuevas acciones, nuevos rumbos, nuevas tranquilidades, los días que restan para ponerlas en práctica sean insuficientes.

domingo, 25 de octubre de 2015

Para ti, que tanto preguntas.

¿Qué a quién amo? Amo a quien pueda respetar, a quien admire de algún modo, a quien me adorne el derredor, a quien me haga un lugar ocasional para la intimidad, la confianza y algo de cobijo. Amo a quien, quizás con apariencia externa de prisión, brinde la fascinación permanente de la puerta abierta
¿Qué a qué lado de la política me pliego? Al lado que la que sirva sin petulancia a su razón de ser, que conlleve a una sociedad de justicia que ejerza y haga ejercer el ser ciudadano; que promueva la identidad propia de este gentío sin mucha conexión, ya sin mucho en común. Al régimen que premie al trabajo y al ingenio de propósito común.
¿Qué a qué religión pertenezco? A la que fomenta la igualdad entre los hermanos y disminuya la diferencia, la indiferencia. A la que da como muestra visible, palpable, cotidiana, la solidaridad y la compasión entre los hermanos ya regados por todos lados. A la que no tiene al bien como un elemento exótico, sino que usa el amor como causa, instrumento y fin de nuestras acciones de cada día.

Ahí está. Ahora tú, que tanto preguntas y dadas mis explicaciones, dime tú mismo, qué tendencias amorosas, políticas y religiosas te parece que tengo. Cumple con tu compulsión de encasillarme, anda.

viernes, 23 de octubre de 2015

Hipocondriacus Est

Esta mañana me desperté sintiendo un dolor de espalda algo molesto, por aquí, por el riñón derecho. Segurito me viene una insuficiencia renal en camino. Siempre lo supe, con estas molestias y los pronósticos de mi primo. Parado aquí, en el balcón de la sala, tampoco recordaba la presión en la frente que me atacó a mansalva en estos días. La verdad, no fue muy fuerte, pero todo comienza así, suavecito, y después ataca con toda la fuerza, de manera fulminante y no lo deja a uno reaccionar, despedirse de los seres queridos. Además, el dolorcito ese sospechoso que me surge ahora en mi antebrazo izquierdo: no puede ser otra cosa que el corazón echando vaina. El aceite de oliva está escaso y por eso pasan las calamidades, te lo digo. Llevo unos quince minutos tosiendo, dándome el automasaje en el pecho, salvándome de un ataque masivo que me deje tirado en mi piso de parquet recién echado. Me siento cansado ya: el fin se acerca. Las arterias que me irrigan deben estar tan cargadas de colesterol, y cuando se van cerrando la falta de sangre debe estar produciendo un yo-no-sé-qué que me tiene mortificado, que no me deja dormir escuchando cómo mi sangre tropieza con los escombros que dejé durante estos años. Mi mamá me lo dijo. Voy a sentarme un rato… ¡Ay, carajo! …esta rodilla me tiene muy pensativo. Por la parte interior de la rótula, muy seguramente —y según escuché en un programa—el menisco está sucumbiendo por uno de los lados y debe estar gastado, produciendo el roce entre el fémur y la tibia, hueso con hueso sin amortiguación alguna. Tengo la sensación de que un día de estos la pierna no me responderá y caeré como un pendejo en plena calle, de culo, despegándose para colmo uno de los riñones enfermos —ese, el de la derecha—, y con esa tremenda vergüenza, no habrá cómo evitar que se también se despegue una placa de grasa de la arteria obstruida que va parriba y me muero por un accidente cerebro-vascular. Qué destino el mío.

lunes, 19 de octubre de 2015

Quiero lo mío

Busco otro camino para ser feliz. El que tengo anotado y ejecutado desde siempre no es mío y creo que es por eso que ya no me sirve. Aun así debo agradecer que me ha provisto de tramos del recorrido con muchos colores y sonrisas, pero han sido efímeros. Efímero ya no gusta. Efímero da miedo, y con miedo no puedo avanzar adonde quiero ir. Ahora quiero algo a mi medida, que sin embargo pueda compartir a ratos. Pero quiero que se quede conmigo y distribuya los otrora ratos apasionados, brincos y escaramuzas ahora en instantes llanos de paz, de sosiego. No reniego de la carcajada, pero se va como viene. Quiero una confección que provenga esta vez desde dentro. Ya compré mucho afuera y tiene fecha de vencimiento. La solución ha de ser que recicle mis energías, mis percepciones, mis maneras de pintar el paisaje, y me convierta en ese tipo de sistemas ecológicos autosustentables que me haga el favor de producir lo que voy a consumir con gusto, sin esfuerzos retorcidos, sin turbulencias enceguecedoras: Quiero lo mío.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Por sus actos los reconocerás

Y entonces todos se volvieron mudos. Todos salieron a la calle, confundidos, sin poder comunicarse en un primer momento que hasta dolía. Luego, más luego, después de dejar el drama innecesario de la calamidad, se estableció que solo podríamos saber cómo era la gente, ya no por sus disertaciones brillantes, sus labias delirantes, sus sandeces cabalgantes, sino por lo más evidente y honesto: por sus comportamientos. Y fue así, pues, como ya no sabíamos a primera vista quiénes eran cristianos, comunistas, gerentes, mahometanos, obreros, homosexuales, agnósticos, budistas, capitalistas y demás grupitos en los que tanto nos gustó dividir a la gente. Sí ganamos, sin embargo, una nueva manera de acercarnos al otro y saber quién era. Ya pronto solo quedó claro quiénes eran amorosos, ladrones, prejuiciosos emprendedores, sabios u ociosos; quiénes eran solidarios, quiénes indiferentes, quienes temerosos. Supe que yo mismo arropaba mis debilidades y mis vicios con una manta de extraordinaria brillantez que tanto tonto tragaba emocionado. Afortunadamente, todo ese efecto fue temporal y todo volvió a la normalidad. Para nuestra suerte, todo se revolvió y cayó parado, como el gato. Para nuestra fortuna, todo se restauró y volvió al trono “mi pecado favorito”: la hipocresía.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Marionetas urbanas

Había una vez una arepera en el centro que se la pasaba vacía. Uno que otro venía en la noche, y ante el hambre que dan las rumbas y la soledad de la cuadra, entraba y comía. No había mucho qué hacer. El nuevo dueño, mirando lo que ocurría, se figuró una estrategia muy clara. Dos semanas después, había una arepera justo al lado de la antigua. De ahí en adelante, la mayoría de la gente, conociendo la fama de la vieja arepera, plenaba la nueva. Nuevas instalaciones, hornos, mostradores y hasta una cajera muy linda. En “respuesta”, el ahora dueño de ambas areperas comenzó a remodelar la vieja y, aprovechando las comillas, comenzó la “competencia” entre ambos negocios. Al pasar el tiempo, las dos areperas estaban muy parejas en eso de la venta de la comida y, claro, los ingresos por caja. Pronto hubo grupos de fanáticos de cada uno de esos negocios que discutían por qué comer en una y no en la otra. Muchos y muy apasionados llegaban a contar las historias de cada local con entusiasmo, con vehemencia, y hasta con cierto compromiso. Muchas veces se armaron tánganas en la que los clientes de una y de otra, vestidos con franelitas y banderillas de distintos colores se amenazaban entre ellos, se juraban liquidarse entre sí. Mientras pasaba el tiempo y los sucesos ya mencionados, desde la azotea de ambos recintos (que era la misma —una sola azotea—, por supuesto), el dueño de ambos negocios campaneaba su trago, como todas las noches y con la misma sonrisa en los ojos, admirando cuán genio era él y qué pendeja era la multitud que se escuchaba furiosa desde la altura de su sillón.

martes, 15 de septiembre de 2015

El hombre... una de vaqueros.

El hombre, lanzando manotazos de desesperación se quejaba de no poder respirar. Llegó un poco de aire, de oxígeno, y se fue tranquilizando. Poco rato después, el hombre se dio cuenta de que no podía moverse. La aflicción lo atacó, mientras se le despertaban las extremidades. Después de un instante, el estómago le indicaba la necesidad de alimentos. Entre la queja y el hambre, corrió detrás de su presa hasta dominarla. Como mucho placer la desguazó y comió las partes más deliciosas. Dormía el hombre su desayuno, cuando al despertar, se dio cuenta de que no podía ver bien. Estaba oscuro. A rastras logró reunir unas ramas secas y con unas piedras que le hicieron tropezar y caer, pudo hacer el fuego necesario para ver, para combatir el frío, para calentar su comida. Yacía el hombre recostado en la pared externa de su refugio, y mientras amanecía comenzó a ver la extensión de la tierra donde vivía. Los árboles movidos por el viento, los ríos incansables que le daría el agua para completar su sustento. Bajó el hombre de su colina y comenzó a reconocer el vasto territorio; el olor a tierra mojada, a vegetación viva. Después de pocos meses, ya todo le era familiar y se aburrió. Sentía que necesitaba más que eso, pero no sabía qué cosa podría ser. 190 mil años después, sigue aburrido. 190.000 todavía no sabe qué cosa sería esa que lo completaría. 190.000 se entretiene incansablemente hasta el día de su muerte.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Mejor no hables

Hablas de ideas, pero no se te notan en tu caminar. Hablas de espiritualidad, pero eres todo un juez. Hablas de genialidades, pero no resuelves ni tus dificultades ni las de los demás. Hablas de lo experto que eres, pero se te ve trastabillar. Hablas de visión, pero no te veo caminar. Hablas de lo saludable, pero te estás muriendo. Hablas de un mejor ser humano, pero no das el paso. Hablas de la debilidad de los demás, pero no de las tuyas. Mejor no hables.