Es la Torre de Babel enrevesada. En lugar de confundirse todos diciendo cosas en palabras distintas e inentendibles, es una en la que todos, fingiendo decir lo mismo, lo hacen con un entendimiento diverso que, aunque al principio parece que estuviesen de acuerdo, los hechos posteriores darán cuenta de que no es así. ¿Por qué digo “fingiendo”? Porque pasan lo años y ese fenómeno que al principio era inconsciente, pasa a ser instrumento voluntario del engaño y el autoengaño para sobrevivir, aunque sea entre espinas, en este mundo difícil. Así pues, cuando se habla de amor, de Dios, de libertad, entre muchos otros, cada quien tiene un diccionario distinto en su cabeza, un diccionario formado por creencias y por percepciones amañadas para evitar el dolor. Obviamente, este parapeto, esta caricatura, igual está predestinada a crear dolor a causa de su origen chueco. Como ven, aunque no es la misma Torre de Babel, genera el mismo desastre.
sábado, 4 de octubre de 2025
domingo, 16 de febrero de 2025
La creencia como instrumento
domingo, 26 de enero de 2025
Horacio se fue en paz
Inmovilizado en su cama, me volteó a ver con dificultad y con cierto interés en que yo escuchara, Horacio me contó un chiste:
— Este era un
tipo que tenía una dificultad: defecaba en sus pantalones cuando saludaba,
cuando daba la mano. Fue a varias consultas médicas de las que salió bien en sus
medidores físicos, siendo la recomendación final del médico visitar al
psiquiatra. Seis meses después, encontrándose con su amigo de la infancia
—quien conocía su problema— lo saludó dándole un apretón de manos. Su amigo,
sorprendido, le dijo “¡Caramba! Veo que ya no tienes tu problema”, a lo que le
contestó “Todavía me cago, lo que pasa es que ya no me importa”.
Me reí como como
quien se ríe de un chiste contado por un enfermo terminal. Es como entrar en
esa cueva llevado a juro, lanzado a ese rincón oscuro para intentar condescender
con la persona postrada. Fue divagar al no saber qué es lo que pasa en la
cabeza del otro y, sobre todo, por nuestra cabeza. Fue una pequeña vorágine
entre practicar la compasión o la empatía, de seguir la corriente frívolamente
o de hacer quién sabe qué cosa que debamos hacer en ese momento de desconcierto.
El recuerdo de
ese momento tan embarazoso me persiguió varios días después del fallecimiento
de Horacio, y no fue hasta una madrugada en la que no podía conciliar el sueño
que entendí, aliviado, el mensaje de Horacio: me voy en paz.


