A uno le gustaría que nuestros ídolos fueran, además de buen cantante, buen actor, buen deportista, un dechado de virtudes y perfecciones que nos complacieran en un cien por ciento. Pero en algunos casos resultaron ser joyitas que salieron de familias estropeadas, que se desarrollaron en ambientes hostiles y debieron ponerse duros para echar palante, hasta ser hoy una figura indiscutible en su oficio; aunque bueno, lejos de los micrófonos, de las cámaras o las arenas globales, gente a quienes no quisiéramos abrirle la puerta de nuestra casa. Pa bichito, yo.
Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
miércoles, 18 de julio de 2018
Tan buena gente yo
A uno le gustaría que nuestros ídolos fueran, además de buen cantante, buen actor, buen deportista, un dechado de virtudes y perfecciones que nos complacieran en un cien por ciento. Pero en algunos casos resultaron ser joyitas que salieron de familias estropeadas, que se desarrollaron en ambientes hostiles y debieron ponerse duros para echar palante, hasta ser hoy una figura indiscutible en su oficio; aunque bueno, lejos de los micrófonos, de las cámaras o las arenas globales, gente a quienes no quisiéramos abrirle la puerta de nuestra casa. Pa bichito, yo.
martes, 3 de julio de 2018
A los coñazos...
El cambio definitivo no puede comenzar por
darse golpes durante décadas o siglos contra una pared más fuerte que nosotros.
No sé si debe ser altisonante o desmedidamente apasionado, pero sí ecuánime, inteligente
y constante, que socave poco apoco, muy controladamente, lo que se quiere
reemplazar. Los tiempos avanzan, tal vez no en calidad, pero sí en magnitud; el
tiempo pasa y solemos repetir las mismas acciones ante las mismas injusticias. Con
mucha razón o sin ella, arremetemos ante el enemigo del momento, el de esa
generación, usando viejas y desusadas referencias, ignorando la naturaleza de
los días que se viven hoy. No será la primera vez que se acaba con la
corrupción oficial antes de detectarla de nuevo. No será la primera vez que se
derrota al enemigo temporal para instaurar las nuevas y esperanzadoras reglas
que apuntan a la salvación. No será la primera vez que nos envilezcamos con el
poder en la mano y seamos el nuevo verdugo a ser derrotado. En menor magnitud
que las eras geológicas, pero con algún parecido, tenemos demasiado tiempo
caminando por estas calles e ignorando los siglos que siempre se repiten como
para no notarlos; sin embargo, seguimos enceguecidos por nuestro presente —porque
claro, es el nuestro— y pensamos que muchas cosas cambiarán en nuestra
generación solo porque es nuestra y no porque se acometen las situaciones de la
manera adecuada, efectiva. Es nuestra
locura, nuestra pasión, nuestro atropello en lo que cabalgamos
como eternos adolescentes tratando de buscarle sentido a lo que no entendemos,
y buscando la banderita que tengamos más cerca y la que más nos sirva, salimos
a cobrar vidas y reputaciones, a imponer verdades y a aplastar detractores con
una voluntad temeraria. Seguiremos, pues, gritando consignas aprendidas,
copiando modelos ajenos, pronunciando palabras extranjeras antes de definir
desde nuestras propias realidades, como colectividad, la acción efectiva que
deje al ignorante y al criminal fuera del juego. Y por supuesto, toda esta
madeja de conceptos iría solo después de expulsar nuestros propios demonios,
nuestras propias cegueras, nuestras propias hipocresías que guardamos muy
dentro, como individuos alejados del amor propio y del amor al otro. Nada fácil.
...Como que mejor nos compramos un carro nuevo, chamo.
martes, 19 de junio de 2018
Enemigo en retruque
¿Y si al final del
camino el adversario siempre lo hemos llevado dentro? ¿Y si a la conclusión del
paseo el enemigo a muerte se esconde, muy convenientemente, en nuestro pellejo?
Tal vez esa lucha encarnizada, esa construcción apasionada y definitiva que
esgrimimos a diario es solo la antesala de lo que podría ser, en nuestros
sueños, nuestra propia dictadura.
domingo, 17 de junio de 2018
Fin de la función ¡Comienza la función!
Como en una película
vieja, pero que aún no termina, miro hacia atrás y ya no es lo mismo. En la
medida en que mi memoria logra unir los trozos de acontecimientos y emociones, van
apareciendo los planteamientos y las conclusiones logradas en cada
circunstancia. Determinaciones con la convicción que merecía la ocasión, por
supuesto. Es una sensación agridulce que va rociando el presente y me tuerce el
brazo amorosamente para que comience a comprender, luego de tanto caminar, de
qué se trata todo esto. Una voz creciente en mi hombro exige suave, pero
firmemente, que replantee la perspectiva para resto del camino, para el
atardecer de este paseo. Entonces me siento a media luz y comienzo a detallar
cada escalón de mi existencia, sin saber si subía o bajaba; cada decisión, cada
ligereza, cada compromiso, cada ilusión, cada frustración. Y mientras voy
avanzando en el inventario de mis episodios se desvela la fragilidad de esa
construcción ya vieja, ya anacrónica e inservible que pide ser revisada y replanteada.
Ese fantasma con mi cara que todavía me define, y que de alguna manera me
sostiene, me susurra desde su escondite que ya es tiempo, que se acabó la
función apasionada, que ya no aguanta más el ritmo. Noches despiertas pensando
en los años dormidos. Trapitos sucios. Dolor. Reconocimiento. Algo de luz por
fin. Un buen día me levanté con disposición a dejar el lastre donde
corresponde, a caminar con menos estorbos en mi camino… un nuevo camino. No sé
qué pasó. No sé de dónde salió esa nueva voz ni cómo comenzaron a caer los
escombros de la tristeza y la frustración que anidaban en mi cabeza y enmudecían
mi corazón. De buenas a primeras miré hacia atrás de nuevo y solo vi la esencia
aprisionada que cobraba volumen, ya libre de ataduras, de los prejuicios ya
vencidos. Ya no hay ruido, ya no hay urgencias, ya no están los pensamientos
superfluos que me llevaban a perseguirme la cola interminablemente. Es un nuevo
panorama, uno espacioso, calmado, lleno de gozo. Ya vengo… voy a caminar.
miércoles, 13 de junio de 2018
Siempre estuviste allí
Estuviste allí todo el
tiempo. Allí, acá, acullá… pero siempre. Nunca te vi. Tal vez escuché tu
nombre, pero no hubo diferencia. Siempre anduviste en varios sitios, como para
que yo te notara, pero mi atención apuntó siempre en otra dirección, a otros
temas, a otras pasiones. Mientras transcurrían los años, todo fue cambiando: a
veces por las buenas, a veces por las necesarias. Aun así, no nos acercamos
mientras viviste. Definitivamente, la vida tiene tantos estadios que es posible
no encontrarse en medio de esa inmensidad, la cual comienza en nuestra cabeza, pasa
por nuestro corazón y, para completar, termina en nuestro planeta. Así, pues,
cumpliste tu ciclo de vida en estos lares y te fuiste. Te fuiste afirmando
estar en paz, agradecido, “preparado”; eso me agradó mucho cuando lo supe. En fin,
me perdí verte en vivo o en directo, y cuando supe de tu partida, de tu fama
generalizada, por mera curiosidad te leí y te escuché. Revisé tu legado y quedé
prendado de tus ideas, de tus percepciones y de los retruques que les dabas a
todo lo que habías experimentado con alegría, con tristeza, con pérdida, para
ser ahora una referencia inevitable al momento de la reflexión. Ahora, pues,
con algún tipo de guayabo, con un cariño platónico muy particular, busco
cualquier papelito en el que pudiste escribir algún garabato; registro las
redes a ver qué dejaste; escucho de nuevo tu mensaje de paz, de alegría, de
comunidad, de esa utopía que describías pero que podría ser la solución a esta
realidad desechable que vivimos entre los seres humanos y que desencadena la
perdición anestesiada que avanza, que gana terreno casi imperceptiblemente. En fin,
chico, te agradezco tu existencia y lo que pueda producir en mi vida, en
nuestras vidas. Espero, ahora sí, encontrarme contigo “personalmente” para
agradecerte y tomarnos un café, si es que hay café por allá.
viernes, 1 de junio de 2018
Cayó el tirano
Cayó el tirano, llega la República,
la libertad… ¡Viva la República! Cayó el tirano, llega la Democracia, la
libertad… ¡Viva la Democracia! Cayó el tirano, llega el Socialismo, la libertad…
¡Viva el Socialismo! Cayó el tirano, llega la libertad… Y así con los zares, con
las guerras civiles después de la independencia, con cada reparto vergonzoso de
las riquezas después de abalanzarse nuestros dignos representantes sobre ellas.
Es como
necia la repetición, casi fotográfica y nos vemos imbuidos en el fervor del
momento, de nuestro tiempo, de nuestra causa colectiva y hasta en nuestra razón
para vivir. La lucha por la “libertad” se torna incierta y turbia a la vez,
quizás porque no podemos definir qué tipo de libertad, para quiénes, para cuándo.
Los regímenes pasan en un desfile manchado de sangre, de hambre, de indignidad,
de dolor, mientras pasamos por alto los patrones que se repiten una y
otra vez y nos volvemos a montar en ese tren de la pasión.
Dando un
paso atrás para ver mejor, se me ocurre que tal vez el enemigo no está allá
afuera, como lo preferimos ver. Tal vez el adversario no vive en el rancho ni
en la mansión, como elegimos pensarlo hace tiempo. Tal vez el opositor a
nuestros genuinos deseos de una vida mejor no se esconde en un edificio, un
yate o en el barrio marginal. Tal vez estamos enfrascados, por nuestras contradicciones, en una lucha perdida
a priori. Tal vez nunca desaparecerán las escaramuzas que vemos de cuando en
cuando y sigamos viendo este macabro desfile de emociones por el resto de
nuestras vidas. Tal vez, y como perros tratándose de morder la cola, solo hemos
estado luchando contra nuestra propia naturaleza, contra la misma “naturaleza
humana” que nos define.
Tal vez por
eso es que nunca podemos ganar para siempre.
jueves, 31 de mayo de 2018
La conciencia colectiva no existe
miércoles, 30 de mayo de 2018
Ignorar a Dios
¿Cómo
se “ignora” a Dios? ¿Cómo se “aleja” alguien de Dios? ¿Cómo se “distrae”
alguien de su poderosa figura? ¿Cómo puede ser posible que quien le declaró creer
en él y aceptarlo como su único dios y salvador, ahora aparente estar alejado,
distraído de semejante presencia? Son preguntas que desde lo lejos me hago. Son
inquietudes que de alguna manera me afectan cuando noto que hay algo que no
anda bien por los “Caminos del Señor”. Me afecta tener alguna certeza de un
grupo de mis semejantes juegan a la ligereza, utilizando su libro sagrado, sus
sitios de culto, sus reuniones revestidas de la formalidad de la ocasión,
regando la matica solo los domingos o cuando se acuerdan. A esta distancia no
sé cómo es que muchos pueden alejarse de quien, según su misma declaración íntima
y pública, los creó y los ama a cada día, brindándoles sin condición la luz en
su camino a la salvación. Ignorar a Dios es como para el caraqueño ignorar el cielo
azul, el blanco de las nubes o Cerro El Ávila en un día soleado. En ese caso,
podría el caraqueño encerrarse en su casa, cerrar las puertas y ventanas y
quedar al margen de tal belleza… pero siempre sabrá que está allá afuera,
esperándolo con la paciencia de la eternidad. Incluso en este caso ficticio, se
esconde el hombre de algo que cree que existe; que si se abre él mismo, es
inevitable que entre esto e inunde con su presencia. Es tan confusa la
situación que desde aquí, desde este espacio quieto y frío, se nota que quien
alguna vez aceptó la luz, ahora se empeña en experimentar pequeñas oscuridades
intermitentes, normales, ocasionales, que se juntan con la visita y los
cánticos del domingo para formar un amasijo moral color plastilina, así como
cuando se unieron varios colores y al final surge un feo marrón grisáceo. Si tomamos
como premisa que la persona una vez creyó fervientemente en la presencia
divina, preveo que habrá mucha dificultad y confusión tratando de saber qué
pasó en el camino que ahora esta misma persona “se aleja” de Dios. Para mí,
desde afuera, con el respeto posible del caso, la única respuesta al estado
actual de las cosas, es que esta y muchas personas más se dejaron llevar por
otros desde el comienzo, creando un mundo de fantasía que nunca cuajó, que no
evolucionó como para convertirse en vida espiritual. Para mí, en conclusión
apremiante, ni esta ni muchas personas nunca creyeron de verdad.
jueves, 17 de mayo de 2018
La próxima vez que quieras salvarme...
Cuando quieras
salvarme, avísame primero. Cuando te entre ese ímpetu poderoso de ser útil y
salvarme, te ruego que me expliques, con detalles, cómo es que piensas hacerlo.
Antes de exigírtelo, te pido encarecidamente que revises el entorno, los alrededores,
todos los elementos que están a tu favor y en contra para llevar a cabo esa
tarea tan loable que es salvarme. Por supuesto, debo pedirte también que revises
tus aspiraciones personales, los dictámenes de tu ego, los sueños que de
chiquito abarrotaban tu cabeza y que ahora deseas honrar solemnemente. Si notas
que te pido mucho, te pediré además que me disculpes, porque es que en estos
últimos años, mis años, los años de mi tierra, han aparecido varios con ese
mismo discurso de salvación y la verdad, nos ha ido mal. Pero solo puedo hablar
por mí. Siento que debo respetar que mucha gente se identifique con las ideas
que expresas en la tarima, en el canal de televisión, por los pasillos. Entiendo
que cada quien procesa su experiencia a su modo, a su paso e incluso, a su
conveniencia. No me mire así. No te pongas así. Solo trato de transmitirte mi
precaución con el mayor respeto posible, tú sabes… así no quedo como otro
detractor de esos que te grita cosas en la calle. Solo trato de precisarte,
porque quiero saber si es que en tu camino de logros visualizas ahorita o serás
capaz luego de sacrificarme a mí y a la tranquilidad de mis seres queridos en
pos de lograr, como sea, tus objetivos, ¿recuerdas?, esos que vienes
acariciando desde niño y que es ahora o nunca para eso de “ser alguien
importante”, “hacer historia” o simplemente para que no te olviden por un buen
rato a costa de perder tus propios afectos, a costa de que las familias ajenas
se despedacen o a costa de cualquier cosa valiosa para mí que esté fuera de tu
alcance o tu interés. La verdad, de pana, y ahora sí te exijo que me expliques cómo es que me vas a salvar, porque tal
vez, estimado y diligente amigo, no quiera yo que me salves.
miércoles, 16 de mayo de 2018
Vive en la calle
Vive en la calle. Su techo
es circunstancial, improvisado. Su refugio a veces no lo es. Lo tomó prestado a
algún proyecto urbanizador del pasado, de cuando estaba del lado de los que “aportan
algo valioso a la sociedad”. No sabe a qué hora comienza su día; algunas veces sus
días parecen noches eternas en las que pasa desapercibido, en las que el sol le
niega, según él, su luz. Sentado o acostado detrás de algo, debajo de algo, ve
pasar los pies apurados de quienes cargan con sus respectivas metas, sus
respectivos pensamientos, sus demonios correspondientes. Por supuesto, son
metas, pensamientos y esos demonios muchos más refulgentes que los de él, que
yace en silencio, casi sin respirar, exigiendo lo mínimo necesario de su
entorno marginal, despreciable para otros, la mayoría de las veces invisible. De
vez en cuando algún niño extraviado lo encuentra con la vista, se acerca y se presenta
sin miedos, sin prejuicios, sin argumentos brillantes de por qué las cosas son
como son “y te jodiste”. En esos pequeños momentos de milagrosa apertura, en los
que se ve a sí mismo a esa edad, en los que se permite recordar los paseos con
su mamá, las fiebres atendidas, el Niño Jesús; en esos momentos en que se deja
llevar a los días en que pertenecía a algo suave, cálido, perfumado, de besito
de buenas noches, es que reflexiona fugazmente lo afortunado que es su
visitante… lo feliz que era él antes de que se quebrara todo y comenzara esta
etapa. El grito repentino de la madre que lo retira con aprensión rompe con el
instante extraordinario y todo vuelve a ser como es, como ha sido por años,
como no quiere que deje de ser en medio de una extraña libertad y control sobre
el territorio que lo cobija a espaldas del resto, y mira, sin mucho problema
aparente.
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