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lunes, 20 de abril de 2020

La sucursal de la creación

El cerebro, una sucursal de la creación puesta en el cráneo de cada uno. Una maravilla de la vida. Un portento de máquina superior a cualquier otra existente o por existir. Pero como todo aparato sofisticado, a falta de mantenimiento incurre en comportamientos erráticos. Por excelencia, el cerebro tiene el “cómo” para cada caso. Con algo de observación, este encontrará la vuelta para salir de la circunstancia planteada. Es la herramienta para solucionar problemas, para corregir entuertos, pero que hace tiempo se perdió en sus “cómo” y se apartó del “qué”, del propósito fundamental, de eso que ya no sabemos qué es y que pareciera hoy ser una inteligencia superior, casi externa al mecanismo en cuestión. Los conocedores del cerebro dicen que hay un compartimiento llamado “inconsciente”, en el cual se guarda lo que no procesamos y que permanece escondido, pero molestando, durante el resto de nuestros días si no se abordase. Al parecer, ese el compartimiento que nos convierte en imbéciles y que contiene la razón de nuestros comportamientos enrevesados, absurdos: el hogar del miedo, diría yo. Y me parece que el susodicho compartimiento ha ido creciendo y apoderándose del resto de los ámbitos de la conciencia hasta hacer de este mundo, en el que hay más de siete mil millones de cerebros, un lugar repleto de hambre, guerra, asesinatos e indiferencia. Para aquellos que temieron que las máquinas tomaran el control y destruyeran la raza humana, les tengo malas noticias: su máquina perfecta, a la medida de cada uno y fuera de control, ya lo está logrando.

martes, 16 de abril de 2019

Creaciones de letrina

La bomba atómica, segurito, se inventó mientras su creador estaba sentado desalojando su cuerpo, mientras su mente tomaba nota. Claro que la pólvora, las armas de fuego y demás implementos de matar también debieron ser ideadas en un pequeño cubículo, sin mucho oxígeno y hediondo a excremento humano. Pero no solo propinar castigo físico se alimentó de estas condiciones fecales, sino algunos más grandiosos y disimulados también. La revolución industrial y todas sus consecuencias, incluyendo sus servicios a los poderosos y sus efectos sobre el ambiente, se bosquejarían con papel y pluma sobre las rodillas desnudas de alguno, quien aprovechando su soledad, el silencio y su falta de afecto, se metería de lleno en algo que al fin le daría la gloria; todo eso, por supuesto, metido entre la peligrosa volatilidad del metano y el hidrógeno producido por su cuerpo triste, aunque patológicamente prolífico. No cabe duda de que cada uno de los inventos de todos los tiempos no son perjudiciales en sí mismos, sino que necesita la acción retorcida del humano para producir daño; pero tampoco hay que pecar de pendejos y creer que cada uno de los inventores no conocía la naturaleza humana y las posibles consecuencias del uso de su juguetico por parte de las “joyitas” que somos nosotros.