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sábado, 25 de abril de 2020

Y parió la abuela

Somos muchos y parió la abuela. Somos tantos que nadie oye, nadie hace caso. Así estaremos, regados por todos lados, que no se respetan territorios… si es que eso existe. En medio de la multitud creciente nadie escucha y parece que no hay nada que escuchar porque ninguno parece ser el mensaje esperado de salvación. Somos tantos que hay que identificarse, distinguirse, alejarse, no vaya a ser que el otro nos haga daño: “usted sabe cómo es la gente”. Somos tantos que nos separamos irreversiblemente del concepto, la sensación y el amor a la vecindad. Hoy hay que salir corriendo como se pueda, no importa si es aplastando a cualquier transeúnte inocente. La masa en aumento caótico se aferra a promesas técnicas muy esperanzadoras de tiempos cuando éramos seis mil quinientos millones menos, de cuando existía la distancia necesaria entre nosotros, de cuando se podía respirar sin molestias. Pero ya es tarde para tener esperanzas. Lo que queda en este mundo de caníbales es distraernos hasta el momento de partir y dejarle este peo a la gente que viene detrás, a esos cada vez más inocentes a quienes les heredamos semejante estafa con etiqueta de futuro.

miércoles, 31 de julio de 2019

Y parió la abuela

Somos muchos. De verdad ya somos demasiados. Ya no cabemos en el planeta. Hay que hacer cola, reservación o simplemente olvidarse del asunto. Todo es en serie, todo es masivo, todo es rápido. Cada sonrisa y saludo está en el manual. Es mecánicamente imposible organizarse sin que se arme el alboroto. Somos un montón. Se hunde el control entre sus propios cables y señales. El paisaje pasó a ser un tapiz en el camino de regreso del trabajo. El carácter multitudinario de cada mensaje necesita de “un poquito” de represión para ser entendido y obedecido. Somos tantos que ya no podemos ser diferentes, por lo que la escuela es solo un aparato de fabricar “gente buena” e igualita. Cuando Jesús o Buda andaban por el mundo o cuando se escribieron las grandes guías nadie imaginó los siete mil millones que andaríamos todos a la vez en este mundo, divididos, indiferentes, cada quien pendiente de lo suyo, lanzando codazos −tal vez se quedaron cortos los capítulos y los versos−. Las mentes iluminadas del pasado fueron marginadas y en su lugar quedó el circo actual, que lejos de ayudar a despertar, aletarga y embrutece a quienes comienzan el camino de la existencia. A estas alturas, en lugar de enjabonarnos con lo infinito, con lo que se multiplica, con lo que satisface, nos aferramos como animales miedosos a lo material, a lo que se agota, a lo que no llena más allá de un ratico. Por su parte, la tecnología, poderosa, interesante, solo sirve para darle plenitud a la vieja locura que ya traíamos. Pero es que somos muchos, ¿cómo hacemos?