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domingo, 26 de enero de 2025

Horacio se fue en paz

Inmovilizado en su cama, me volteó a ver con dificultad y con cierto interés en que yo escuchara, Horacio me contó un chiste:

— Este era un tipo que tenía una dificultad: defecaba en sus pantalones cuando saludaba, cuando daba la mano. Fue a varias consultas médicas de las que salió bien en sus medidores físicos, siendo la recomendación final del médico visitar al psiquiatra. Seis meses después, encontrándose con su amigo de la infancia —quien conocía su problema— lo saludó dándole un apretón de manos. Su amigo, sorprendido, le dijo “¡Caramba! Veo que ya no tienes tu problema”, a lo que le contestó “Todavía me cago, lo que pasa es que ya no me importa”.

Me reí como como quien se ríe de un chiste contado por un enfermo terminal. Es como entrar en esa cueva llevado a juro, lanzado a ese rincón oscuro para intentar condescender con la persona postrada. Fue divagar al no saber qué es lo que pasa en la cabeza del otro y, sobre todo, por nuestra cabeza. Fue una pequeña vorágine entre practicar la compasión o la empatía, de seguir la corriente frívolamente o de hacer quién sabe qué cosa que debamos hacer en ese momento de desconcierto.

El recuerdo de ese momento tan embarazoso me persiguió varios días después del fallecimiento de Horacio, y no fue hasta una madrugada en la que no podía conciliar el sueño que entendí, aliviado, el mensaje de Horacio: me voy en paz.

viernes, 10 de enero de 2025

Expectativa mortal

La vida no es como uno quisiera y la distancia entre la realidad y nuestros deseos son los que producen el sufrimiento. Una expectativa es un peligro potencial que atraerá el dolor en cualquiera de sus formas. Ese atrevimiento de esperar de la realidad algo que no cuadra por ningún lado es un boleto a un viaje sin pronto regreso a un sitio donde el absurdo tendrá su oportunidad de florecer y ninguna de las situaciones que se produzcan allá tendrán fácil salida porque son el resultado de un enredo tras otro, de varios desvíos consecutivos del camino original ya olvidado. La única solución que se vislumbra es volver al camino original y aplicar el conocimiento adquirido —si fuese la afortunada consecuencia—. Pero sabemos que eso es tan difícil como dejar de defender nuestras equivocaciones. Sabemos que no sabemos cómo hacer para salir del lío sin que duela. Aquí se presentan las opciones para lidiar con el entuerto: seguir embriagados por el camino del alivio sucesivo o, en medio del dolor edificante, ir a la solución definitiva que comprende arrancarse de tajo el malentendido y caminar al fin el camino de la curación. Esta es una repetición insalubre.