Inmovilizado en su cama, me volteó a ver con dificultad y con cierto interés en que yo escuchara, Horacio me contó un chiste:
— Este era un
tipo que tenía una dificultad: defecaba en sus pantalones cuando saludaba,
cuando daba la mano. Fue a varias consultas médicas de las que salió bien en sus
medidores físicos, siendo la recomendación final del médico visitar al
psiquiatra. Seis meses después, encontrándose con su amigo de la infancia
—quien conocía su problema— lo saludó dándole un apretón de manos. Su amigo,
sorprendido, le dijo “¡Caramba! Veo que ya no tienes tu problema”, a lo que le
contestó “Todavía me cago, lo que pasa es que ya no me importa”.
Me reí como como
quien se ríe de un chiste contado por un enfermo terminal. Es como entrar en
esa cueva llevado a juro, lanzado a ese rincón oscuro para intentar condescender
con la persona postrada. Fue divagar al no saber qué es lo que pasa en la
cabeza del otro y, sobre todo, por nuestra cabeza. Fue una pequeña vorágine
entre practicar la compasión o la empatía, de seguir la corriente frívolamente
o de hacer quién sabe qué cosa que debamos hacer en ese momento de desconcierto.
El recuerdo de
ese momento tan embarazoso me persiguió varios días después del fallecimiento
de Horacio, y no fue hasta una madrugada en la que no podía conciliar el sueño
que entendí, aliviado, el mensaje de Horacio: me voy en paz.
