Jugaré
a ser Dios, pero no en eso de estar creando mundos, hacer florecer la vida o
hacerle mantenimiento al universo. No. Eso sería mucho para ponerse en eso. Mejor
es ponerse a juzgar, a condenar… eso sí que es más fácil. Es más fácil dar el
último empujón a quién por voluntad o fingiendo no tenerla, se ha colocado al
borde del barranco. Es más fácil meter toda la vida de alguien, masticarla con
infamia y escupirla con morbo hacia el basurero de la ligereza… esa, que tanto nos
emociona usar. Pienso en armar un catálogo propio, bien acomodadito, brillante,
de los niveles de moral que la gente practica y, ¿por qué no?, asignar el
castigo al que se hacen susceptibles de recibir la gentecita que anda
quitándole la tranquilidad a los vecindarios, a las familias, a mí, por
supuesto. Apuntaré con este dedo, este que ya tiene experiencia en el oficio de
señalar al culpable, lo comentaré con mis círculos sociales y, tal vez, hasta
gozaré recitarlo al propio condenado. Algo que se me vino la mente en una
revelación hace poco y que servirá para acometer esta nueva y encomiable tarea,
es hacer que todos ignoren, inventen o al menos callen la historia, el relato
de vida de quien nos ocupe. Hay que eliminar la posibilidad de que, siquiera,
existan pistas que indiquen que las infracciones fueron cometidas de buena fe, con
distracción o sin contar con las herramientas que la misma sociedad debe
proveer por medio de sus instituciones, por medio de su amor. Eso hay que
borrarlo del mapa y reescribir la historia del malo definitivo, del
irresponsable cabal, absoluto. Si no logramos esto último, habremos fallado y
todos creerán que todo tiene una buena razón para ocurrir; que hasta el más
terrible de los crímenes tiene una razón de ser cobijada por la hipocresía y el
olvido voluntario de quienes tenemos la tarea de construir una mejor sociedad.
Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
martes, 28 de febrero de 2017
sábado, 25 de febrero de 2017
El viaje lento
El viaje se hace cada
vez más lento. La vida se asemeja a cada momento a un viaje en tren, uno que
comenzó con la luz y el ruido enceguecedores de la mañana de la partida. En medio
de apuros, túneles y lluvia ocasionales, los descarrilamientos han quedado
atrás, parece. De una velocidad casi descontrolada, brincos y luego de
vibraciones alarmantes, la bulla de la incertidumbre va amainando y deja
escuchar de pronto algunos sonidos suaves, pausados, agradablemente
inteligibles. Ya después de varios años, de un viaje que se torna en
retrospectiva, puedo avizorar el ocaso de esta interesante expedición. El paso
sobrio y sin apuro bajo el cielo en violeta anaranjado deja ver las estrellas,
las más grandes, esas de las que cuentan los libros; pero también las más
pequeñas, las que parecían inventadas por mí a cada minuto de contemplación a
medida que el encandilamiento del pasado iba cesando. Ahora ese tren que
pretendía eterno se va deteniendo, y en medio de una noche espectacular puedo
sentir los pájaros despedirse, los grillos susurrar, la brisa pasar… en fin,
ahora sí que puedo saber de lo fundamental de la vida, después de derrochar,
apasionada, inmadura e irrevocablemente toda la energía que alguien supuso que
debería invertir, más bien, en descubrir, a paso sosegado, lo esencial de esta
preciada jornada.
martes, 21 de febrero de 2017
Se me fue la vida pensando
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)