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jueves, 9 de agosto de 2018

Malena ama a su capitancito


Malena ama al capitancito. No es la gran cosota, pero es su noviecito. Le ilusiona el Proceso, y en medio de esto, también el dinerito. Pero todavía es pronto para aspirar tanto: hay que esperar y plegarse a lo que hay. Tan lindo. Con su cortaúñas y su pañuelito viene y la visita, le promete días mejores y un futuro bonito. Malena está bien encaminada, con paciencia y con su destino bien claro, porque es que le han dicho que la milicia da, que la posición proveerá, si no ahorita, algún día será. En su barrio querido a juro escuchaba cuentos de esposas de generales, de acciones de clubes, de viajes, del cortejo; de cenas y apartamentos con pixina. Por eso, Malena lo alienta y le explica cada día por qué es que él debe llegar arriba, en este Proceso o en cualquier otro, no importa; lo que importa es que siga… que siga. Y mientras el capitancito se mantiene fuerte, inamovible en su encomiable encomienda, todo se cae a pedazos aquí y allá. Solo se mantienen las promesas de su niñez, las del mandatario y las de Malena —si no es que es lo mismo—. Mientras Malena ve clarito el carrote que llega a buscarla para llevarla a la reunión de su futuro marido con personeros importantes, con gente de poder, el capitancito pare por transporte para llegar al cuartel, a casa de sus viejos, al bar de los amigos; bota tiempo en colas para comer y acoge su enfermedad sin remedio. Ya compró cinco dólares que guarda por si las moscas. Pero Malena le ha dicho que no importa, que palante, que no suelte el puestecito, esa oportunidad inigualable de acceder al bienestar, a esa prosperidad de película. El capitancito, siempre cumplido, puntual al llamado, la verdad es que ya se está cansando de ahorrar en un banco fantasma, de poner todas las ñemas en la misma cesta, de apostar el sueldo en un juego de gorditos que mienten, que fingen empatía, que se van, rollizos y divertidos, con su futuro en sus bolsillos. El capitancito ya no quiere seguir en este juego que se convirtió en burla destapada y continuada. La elocuencia de su delgadez y su cansancio no le deja lugar para más dudas sobre el quehacer. Es más, ahora mismo se dirige —a pie, claro— al centro de la Ciudad, a esa pensión de San Juan, por Capuchinos, a decirle ahora mismo a Malena que está harto, que no va pal baile, se vaya a la mierda.

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